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El Misterio del Alcalde Congelado

  • Foto del escritor: Aquiles Castañeda Böhmer
    Aquiles Castañeda Böhmer
  • 1 jun
  • 2 min de lectura


En Santa Aurelia de los Vientos ocurrían cosas extrañas.

Las veletas discutían entre ellas, los burros daban conferencias de economía y los coyotes dirigían programas de radio nocturnos donde aseguraban conocer todos los secretos del reino.


alcalde congelado

Pero nada había causado tanto revuelo como la desaparición de Don Tiburcio Buenrostro, alcalde de la villa.


Una mañana simplemente dejó de aparecer.

Su silla en el Palacio Municipal quedó vacía.

Su taza de café seguía sobre el escritorio.

Su sombrero permanecía colgado detrás de la puerta.

Pero de Don Tiburcio no había rastro.


—Se fue de viaje —decían unos.

—Está planeando algo grande —aseguraban otros.

—Está escondido debajo del kiosco —afirmaba un anciano que llevaba veinte años diciendo que todo estaba escondido debajo del kiosco.

Conforme pasaban los días comenzaron los rumores.


Los pericos del mercado repetían que el alcalde estaba a punto de enfriarse.

Los zopilotes de la plaza afirmaban que ya estaba más frío que una nieve olvidada en diciembre.


Los cuervos editorialistas hablaban de un inminente congelamiento político.

Y cuanto más repetían la historia, más convencidos parecían.

Hasta que una tarde, la Bruja del Observatorio reunió a todos los habitantes.

—¿Alguien lo ha visto congelarse?

Todos guardaron silencio.


—¿Alguien sabe dónde está?

Nadie respondió.

—¿Entonces por qué hablan como si ya hubiera ocurrido?

Las ardillas se miraron unas a otras.


Los coyotes bajaron la mirada.

Los pericos dejaron de repetir frases por primera vez en sus vidas.

La vieja bruja sonrió.


—En Santa Aurelia existe una enfermedad muy peligrosa.

—¿Cuál? —preguntaron todos.

—La enfermedad de enterrar vivos a quienes aún caminan.

Aquella noche los habitantes reflexionaron.


Descubrieron que muchas veces los rumores corren más rápido que los hechos.

Que algunos disfrutan anunciar finales porque creen que así parecerán más inteligentes cuando ocurran.



Y que otros simplemente repiten historias porque escucharlas es más fácil que verificarlas.

Pasaron algunas semanas.

Un día Don Tiburcio apareció nuevamente en la plaza.

Caminaba despacio, saludando a todos.


Los pericos fingieron que nunca habían dicho nada.

Los coyotes cambiaron de tema.


Y los cuervos explicaron que, en realidad, ellos siempre habían sabido que aquello podía pasar.


Desde entonces, en Santa Aurelia de los Vientos quedó una enseñanza escrita en la entrada del pueblo:


"Nunca confundas un rumor con una realidad. Porque a veces los que anuncian funerales terminan viendo pasar al difunto caminando frente a ellos."

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