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Santa Aurelia estaba "renaciendo"

  • Foto del escritor: Aquiles Castañeda Böhmer
    Aquiles Castañeda Böhmer
  • hace 17 horas
  • 2 Min. de lectura

En Santa Aurelia de los Vientos, el polvo nunca se asentaba. No era por el clima, aunque el viento soplaba con la terquedad de los viejos rumores; era porque todo el pueblo estaba abierto en canal. Calles levantadas, banquetas a medio hacer, zanjas que parecían cicatrices recientes. Nadie recordaba ya cómo era caminar sin rodear escombros.

El responsable de aquel caos tenía nombre y oficina: el alcalde.



Decía en cada discurso que Santa Aurelia estaba “renaciendo”. Que las molestias eran temporales, que el progreso siempre hacía ruido. Sonreía frente a cámaras improvisadas, con casco de obra y chaleco fluorescente, como si él mismo colocara cada piedra. Pero en el fondo, todos sabían que ese ruido no era progreso: era una cortina.

Porque el dinero fluía… pero no hacia las calles.


Primero fueron pequeñas sospechas: contratos inflados, empresas recién creadas ganando licitaciones, materiales que nunca llegaban. Luego, comenzaron a aparecer cifras. Un periodista local —de esos que no tienen miedo porque no tienen nada que perder— empezó a juntar documentos, firmas, transferencias. Lo que encontró no era descuido. Era un sistema.


El alcalde no estaba construyendo la ciudad.

La estaba usando.

Cada nueva obra era una excusa para justificar recursos, para mover dinero de un lado a otro, para tapar huecos antiguos con cemento fresco. El pasado se cubría con polvo nuevo. Robar para esconder lo robado.


Pero hay algo que ni el concreto puede cubrir: el tiempo.

Y el tiempo se le estaba acabando.

En los cafés, en las filas del mercado, en las esquinas donde antes se hablaba de béisbol o del clima, comenzó a circular otra historia. El alcalde no solo estaba desesperado por terminar obras… estaba buscando salida.

Se decía que había tenido reuniones discretas con operadores de otro partido. Que había enviado emisarios, ofrecido lealtades, prometido información. No por ideología —eso en Santa Aurelia siempre fue un lujo innecesario— sino por supervivencia.

Quería brincar.


Cambiar de bandera antes de que terminara su mandato. Subirse a un barco donde, al llegar a puerto, nadie hiciera preguntas. Donde las auditorías se convirtieran en trámites y los expedientes en archivos olvidados.

Inmunidad disfrazada de nueva convicción.

Pero algo salió mal.


El reportaje se publicó un martes por la mañana. No en un gran medio, sino en una página local, compartida primero con desconfianza, luego con rabia. Documentos, nombres, cifras. Todo estaba ahí. Demasiado claro para ignorarlo.

Ese mismo día, el viento sopló más fuerte.



Las lonas de obra se desprendieron en varias calles, dejando al descubierto estructuras a medio hacer… y otras que nunca habían empezado. Como si el pueblo mismo decidiera mostrar sus heridas.

La gente comenzó a caminar diferente. Ya no rodeaban las zanjas con resignación, sino con una especie de conciencia nueva. Cada hoyo era una pregunta. Cada muro inconcluso, una acusación.


El alcalde apareció en público dos días después. Sin casco, sin chaleco. Solo traje y una sonrisa más tensa que de costumbre. Habló de ataques políticos, de enemigos del progreso, de mentiras.


Pero ya nadie escuchaba igual.

Porque en Santa Aurelia de los Vientos, por primera vez en mucho tiempo, el polvo empezaba a asentarse.

Y debajo de él, lo que quedaba al descubierto no era una ciudad en construcción…

sino una verdad que ya no se podía tapar.


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