En el pueblo de Santa Aurelia del Viento, donde los gallos cantaban a deshoras y las campanas de la iglesia marcaban el tiempo con un retraso supersticioso de siete minutos, el alcalde comenzó a morirse un martes de polvo amarillo. No fue una enfermedad precisa, sino una suma de dolencias que parecían haber sido recogidas en canastos distintos: un soplo en el pecho que sonaba como acordeón desafinado, una fiebre intermitente que le hacía sudar olor a almendras amargas y una h