En Santa Aurelia de los Vientos, el polvo nunca se asentaba. No era por el clima, aunque el viento soplaba con la terquedad de los viejos rumores; era porque todo el pueblo estaba abierto en canal. Calles levantadas, banquetas a medio hacer, zanjas que parecían cicatrices recientes. Nadie recordaba ya cómo era caminar sin rodear escombros.
En el pueblo de Santa Aurelia de los Vientos, donde los gallos cantaban a deshoras y las campanas de la iglesia marcaban el tiempo con un retraso supersticioso de siete minutos, el alcalde comenzó a morirse un martes de polvo amarillo.