Suspicacias Parte 1 (fantasía ficción para leer antes de dormir)
- Aquiles Castañeda Böhmer

- hace 1 día
- 4 Min. de lectura

En el pueblo de Santa Aurelia del Viento, donde los gallos cantaban a deshoras y las campanas de la iglesia marcaban el tiempo con un retraso supersticioso de siete minutos, el alcalde comenzó a morirse un martes de polvo amarillo.
No fue una enfermedad precisa, sino una suma de dolencias que parecían haber sido recogidas en canastos distintos: un soplo en el pecho que sonaba como acordeón desafinado, una fiebre intermitente que le hacía sudar olor a almendras amargas y una hinchazón en los tobillos que los médicos, después de varias visitas y tres diagnósticos contradictorios, atribuyeron al peso invisible de la culpa.
Decían que había desaparecido casi cuatrocientos millones de pesos del erario, una cifra tan redonda que en el mercado la repetían como si fuera el número de los panes milagrosos: “Cuatrocientos millones, ni uno más ni uno menos”. Las señoras que vendían yerbas aseguraban que el dinero no se había ido, sino que se había vuelto bruma y se levantaba cada madrugada sobre el río como una niebla espesa que olía a tinta fresca.
El alcalde, tendido en una cama demasiado grande para su cuerpo menguante, negaba con la cabeza mientras su esposa le cambiaba las compresas de agua tibia.
—Yo no desaparecí nada —murmuraba con voz de papel húmedo—. El dinero se extravió solo.
Pero en Santa Aurelia nadie creía en los extravíos espontáneos. Creían en fantasmas, en aparecidos y en promesas incumplidas, pero no en cuentas públicas que se evaporaran sin manos humanas.
El gobernador del estado, don Arcadio Benítez, hombre de bigote impecable y trajes color ceniza, llegó una tarde escoltado por camionetas negras que levantaron una tormenta breve en la plaza. Se rumoraba que su cercanía con la presidenta de la República de Altamar —una mujer de sonrisa imperturbable y pulso firme— era más sólida que las paredes del palacio nacional. Se conocían desde los años universitarios, cuando ambos prometían salvar al país imaginario de la corrupción que ahora parecía haber aprendido a hablar con sus propias voces.
El gobernador subió las escaleras del ayuntamiento como quien asciende a un cadalso que todavía no sabe que lo es. Entró en la habitación del alcalde con un perfume de autoridad que desplazó el olor a medicina.
—Compadre —dijo, tomando la mano sudorosa del enfermo—, la patria necesita un gesto.
El alcalde lo miró con los ojos empañados por la fiebre. Durante un segundo, creyó ver detrás del gobernador a una bandada de palomas negras que picoteaban cifras invisibles en el aire.
—¿Qué gesto? —preguntó.
—Un sacrificio —respondió el gobernador, con una suavidad que parecía compasión y era cálculo—. La presidenta está decidida a demostrar que en Altamar no hay intocables. Y tú, enfermo como estás, puedes convertirte en ejemplo.
La palabra ejemplo cayó en la habitación como una cucharada de sal sobre una herida abierta.
En los días siguientes, la noticia se filtró con la precisión de una gotera. El alcalde sería “entregado” a las autoridades nacionales como prueba irrefutable de que la ley era pareja. Los periódicos regionales, que hasta la semana anterior lo llamaban “gestor incansable”, comenzaron a referirse a él como “presunto artífice del desfalco histórico”.
En el mercado, las conversaciones cambiaron de tono. Ya no se preguntaban si había robado, sino cuánto quedaría por recuperar después de que los abogados, los auditores y los intermediarios se sirvieran su parte.
La enfermedad del alcalde avanzó con la puntualidad de un tren fúnebre. Cada vez que pronunciaban la cifra maldita —cuatrocientos millones— le sangraba la nariz. Los médicos diagnosticaron hipertensión, insuficiencia cardíaca y estrés extremo, pero las comadres juraban que era el dinero mismo, convertido en espectro, el que le apretaba el pecho por las noches.
La presidenta de Altamar anunció en cadena nacional una cruzada contra la corrupción. Habló de transparencia, de cuentas claras, de justicia sin distingos. Mientras tanto, en Santa Aurelia, el alcalde era preparado para el viaje como si se tratara de una procesión.
Lo sacaron en camilla una mañana en que el cielo parecía de hojalata. Los vecinos salieron a las puertas no para despedirlo, sino para confirmar que la caída era real. Algunos hicieron la señal de la cruz; otros, más prácticos, calcularon cuánto tardarían en convocarse nuevas elecciones.
El gobernador no apareció en la escena pública. Envió en su lugar a un secretario joven, de sonrisa entrenada, que declaró ante las cámaras:
—En este estado nadie está por encima de la ley.
El alcalde, con la respiración entrecortada, alcanzó a susurrar antes de que cerraran las puertas de la ambulancia:
—No soy premio de nadie.
Pero en Altamar, donde las lealtades eran más volátiles que el clima y la memoria pública más frágil que el vidrio soplado, su entrega fue celebrada como un trofeo político. El gesto fortaleció la imagen de la presidenta y consolidó la reputación del gobernador como aliado fiel.
En Santa Aurelia del Viento, en cambio, el río siguió amaneciendo cubierto de una bruma espesa que olía a tinta fresca. Y hubo quienes aseguraron que, algunas noches, se escuchaba al alcalde toser entre la niebla, como si los cuatrocientos millones, lejos de haber desaparecido, se hubieran transformado en un murmullo interminable que nadie podía ya silenciar.




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