La cucaracha
- redcomarcamx

- hace 14 horas
- 2 min de lectura

Hay un detalle fascinante de las cucarachas que pocas personas conocen. Algunas especies, cuando sienten que su final está cerca, dejan una ooteca: una pequeña cápsula llena de huevos. Muere el insecto, pero la plaga continúa. Días después aparecen decenas de nuevas cucarachas listas para ocupar los mismos rincones, alimentarse de la misma basura y reproducir exactamente las mismas conductas.
La naturaleza es eficiente. La política también.
Hay políticos que parecen haber estudiado el comportamiento de estos insectos. Durante años acumulan poder, colocan aliados en cada oficina, nombran incondicionales en organismos autónomos, acomodan familiares, comprometen contratos, heredan favores y crean una estructura diseñada para sobrevivirles.
Cuando finalmente abandonan el cargo, muchos celebran.
Creen que todo terminó.
No entienden que el político ya dejó sus huevos.
Los nuevos funcionarios tienen otro nombre, otra fotografía en los espectaculares y hasta un discurso aparentemente distinto, pero fueron incubados en el mismo nido. Aprendieron las mismas mañas, heredaron los mismos compromisos y responden a los mismos intereses.
La vieja cucaracha desapareció.
La plaga permanece.
Por eso tantas administraciones cambian únicamente de logotipo. Se reemplazan colores, se renuevan eslóganes, aparecen nuevas promesas y se organizan ceremonias de toma de protesta llenas de esperanza. Sin embargo, detrás del escritorio sigue sentado alguien formado por el mismo grupo político, protegido por los mismos operadores y financiado por los mismos beneficiarios.
No es un relevo.
Es una reproducción.
Las cucarachas tienen otra característica interesante: prosperan en la oscuridad. Les molestan la luz, la transparencia y el escrutinio. Corren cuando alguien enciende el foco.
En política ocurre algo parecido.
Los grupos que sobreviven durante décadas rara vez soportan auditorías profundas, archivos abiertos o ciudadanos que hagan preguntas incómodas. Prefieren los pasillos cerrados, las negociaciones privadas y los acuerdos que nunca aparecen en las actas oficiales.
Cuando alguien prende la luz, todos empiezan a correr.
También existe una diferencia importante.
La cucaracha no elige ser cucaracha.
Actúa por instinto.
El político sí decide convertir el servicio público en una franquicia familiar, en un patrimonio personal o en una fábrica de sucesores obedientes.
Lo hace porque descubrió que el verdadero poder no consiste en gobernar cuatro o seis años. El verdadero poder consiste en seguir gobernando cuando oficialmente ya no gobierna.
Ese es el sueño de cualquier cacique.
Ser invisible.
Mover los hilos desde atrás.
Que otro firme, otro dé la cara y otro reciba los aplausos... o los reclamos.
Mientras tanto, él observa desde algún despacho privado, un restaurante exclusivo o una oficina de asesoría donde, casualmente, siguen llegando las llamadas de quienes ocupan el poder.
La democracia suele presumir la alternancia como un triunfo. Pero la alternancia solo existe cuando cambia la forma de ejercer el poder, no únicamente el nombre del ocupante del cargo.
De poco sirve fumigar una cucaracha si la casa está llena de huevecillos escondidos detrás de los muebles.
Tarde o temprano volverán a salir.
Y entonces alguien dirá que apareció una nueva generación de políticos.
No.
Simplemente eclosionó la camada que la anterior dejó cuidadosamente protegida antes de morir políticamente.
Porque hay carreras públicas que terminan con una derrota electoral.
Y hay otras que, como las cucarachas, encuentran la manera de seguir caminando... aunque el cuerpo original ya haya desaparecido.




Comentarios