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La Catafixia

  • Foto del escritor: Aquiles Castañeda Böhmer
    Aquiles Castañeda Böhmer
  • hace 4 días
  • 5 min de lectura
monumento al atardecer

En la memoria colectiva de varias generaciones de mexicanos, la palabra "catafixia" quedó asociada a la incertidumbre. Era el momento en que alguien decidía cambiar lo que tenía por algo desconocido. A veces la apuesta resultaba brillante. Otras veces terminaba en una amarga decepción. El participante entregaba algo tangible a cambio de una promesa cuyo contenido desconocía.


La política mexicana, especialmente en tiempos de crisis, suele parecerse mucho a aquel juego.

Cuando los equilibrios de poder comienzan a moverse, cuando los grupos dominantes perciben riesgos, cuando las presiones internas y externas aumentan, las lealtades empiezan a cotizarse como moneda de cambio. Los respaldos políticos adquieren precio. Los silencios también. Y los actores que ayer parecían indispensables descubren que, en determinados momentos, pueden convertirse en piezas negociables.


Durante décadas, el sistema político mexicano funcionó bajo una lógica relativamente sencilla. Los conflictos se resolvían mediante acuerdos internos. Las diferencias se negociaban dentro del propio sistema. Los grupos de poder encontraban mecanismos para convivir. La estabilidad dependía de que nadie empujara demasiado fuerte.

Pero los tiempos han cambiado.


Hoy México vive una realidad distinta. Las presiones internacionales son mayores. La relación con Estados Unidos atraviesa momentos complejos. El combate al crimen organizado se ha convertido en un tema central en la agenda bilateral. Y en medio de ese escenario, la política nacional se encuentra sometida a tensiones que hace apenas unos años parecían impensables.


En ese contexto han surgido múltiples especulaciones sobre la situación de diversos gobernadores, exgobernadores y figuras relevantes de la vida pública nacional. Algunas provienen de filtraciones. Otras nacen de rumores políticos. Muchas más son producto de la intensa guerra mediática que acompaña cualquier proceso de sucesión o reacomodo de poder.


Lo interesante no es determinar cuáles de esas versiones son ciertas y cuáles no. Lo verdaderamente relevante es entender por qué tantas personas están dispuestas a creerlas.

La respuesta es simple: porque la confianza en la política mexicana atraviesa uno de sus momentos más delicados.


Cuando la ciudadanía deja de creer que las decisiones se toman por principios, comienza a asumir que todo se negocia.

Y cuando todo parece negociable, la idea de una gran catafixia política deja de parecer imposible.


Es en ese escenario donde aparece Durango.

Durante años, el estado fue considerado uno de los principales bastiones de oposición en el norte del país. Mientras Morena avanzaba en buena parte del territorio nacional, Durango permanecía como una excepción relevante dentro del mapa político mexicano.

Sin embargo, la política moderna rara vez se mueve en blanco y negro.

Las alianzas se vuelven flexibles.

Las fronteras ideológicas se vuelven difusas.

Los adversarios encuentran puntos de coincidencia.


Y los discursos de confrontación suelen convivir con estrategias de colaboración.

Por eso no resulta extraño que en distintos momentos hayan surgido interpretaciones sobre la relación entre el gobierno estatal y el gobierno federal. Declaraciones públicas, respaldos políticos y muestras de cercanía institucional han sido leídas por algunos sectores como señales de una alineación progresiva con el proyecto político dominante.

Entre esos episodios, uno de los más comentados fue cuando se comenzó a hablar de una identificación política con el llamado proyecto "claudista".


Para algunos observadores, aquello representó una simple muestra de pragmatismo político. Para otros, fue la confirmación de un reacomodo mucho más profundo.

Porque en política los símbolos importan.


Y muchas veces importan más que los discursos.

Cuando un actor político decide enviar determinadas señales, inevitablemente provoca interpretaciones.

La pregunta que muchos comenzaron a formular entonces fue sencilla:

¿En qué momento empieza realmente la entrega de un territorio político?

¿Sucede cuando cambia formalmente de partido?

¿Cuando se firma un acuerdo?

¿Cuando se modifica una estrategia electoral?

¿O cuando sus principales figuras comienzan a identificarse públicamente con un proyecto distinto al que las llevó al poder?

La respuesta depende de quién haga el análisis.

Hay quienes sostienen que la política moderna exige pragmatismo y capacidad de diálogo. Que los gobernadores deben colaborar con el gobierno federal independientemente de sus colores partidistas. Que la confrontación permanente perjudica a los ciudadanos.

Pero también existen quienes consideran que ciertos gestos tienen consecuencias políticas inevitables.


Y es ahí donde surge una de las hipótesis más comentadas en los círculos políticos del norte del país.

La idea de que, si Durango termina formando parte del mapa político de Morena en el futuro cercano, esa transición no habrá comenzado el día de una elección.

Habrá comenzado mucho antes.

Mucho antes de los discursos.

Mucho antes de las campañas.

Mucho antes de los resultados electorales.

Porque las transformaciones políticas profundas rara vez ocurren de manera repentina.

Se construyen poco a poco.

Mediante señales.

Mediante acuerdos.

Mediante acercamientos.

Mediante decisiones que, tomadas de manera aislada, parecen irrelevantes, pero que observadas en conjunto terminan dibujando una tendencia.

Es precisamente esa percepción la que ha alimentado innumerables conversaciones en cafés, oficinas, redacciones y círculos políticos.

No porque existan pruebas concluyentes de algún acuerdo oculto.

Sino porque la política mexicana ha enseñado a varias generaciones a desconfiar de las explicaciones simples.

Y cuando la desconfianza se instala, las especulaciones florecen.

Lo paradójico es que mientras algunos imaginan grandes negociaciones nacionales, otros sostienen que la verdadera decisión no está en manos de ningún gobernador.

Ni de ningún dirigente nacional.

Ni siquiera de los partidos.


La decisión, afirman, pertenece finalmente a los ciudadanos.

Después de todo, los estados no se entregan mediante declaraciones.

No se transfieren mediante discursos.

No cambian de rumbo porque una figura política lo decida unilateralmente.

Los estados cambian cuando cambian sus votantes.

Y esa es una realidad que ningún operador político puede ignorar.

Sin embargo, la política también vive de percepciones.

Y las percepciones tienen consecuencias.


Cuando un liderazgo comienza a ser visto como cercano al proyecto dominante, sus antiguos aliados pueden sentirse incómodos.

Cuando un dirigente intenta mantener puentes abiertos con todos los grupos, corre el riesgo de que cada grupo dude de su verdadera lealtad.

Y cuando un actor político busca mantenerse en el centro del tablero, inevitablemente termina siendo observado desde todos los frentes.

Quizá por eso la metáfora de la catafixia resulta tan poderosa.

Porque resume una de las grandes incertidumbres de la política contemporánea.

Nadie sabe con certeza qué está dentro de la caja.

Nadie sabe quién terminará beneficiándose.


Nadie sabe qué acuerdos sobrevivirán al siguiente ciclo electoral.

Lo único seguro es que el tablero sigue moviéndose.

Y que los jugadores continúan tomando decisiones en medio de una incertidumbre creciente.

Mientras tanto, Durango permanece como una pieza estratégica dentro del mapa político nacional.

Un estado cuyo futuro electoral será observado con atención tanto por el oficialismo como por la oposición.


Un territorio donde las percepciones importan casi tanto como los resultados.

Y un ejemplo perfecto de cómo la política mexicana ha entrado en una etapa donde las certezas son cada vez más escasas.

Tal vez esa sea la verdadera enseñanza de esta historia.

No que exista una gran conspiración.

No que alguien haya decidido el futuro del estado en una oficina cerrada.

No que todo esté definido de antemano.

Sino que la política moderna se parece cada vez más a aquella vieja catafixia televisiva.

Todos creen saber qué hay detrás de la cortina.

Todos creen entender las reglas del juego.

Todos están convencidos de que conocen el desenlace.

Hasta que finalmente se abre la caja.

Y entonces descubren que la realidad era completamente distinta a la que imaginaron.

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