Coahuila busca llevar ante la justicia internacional a notario acusado de fraude inmobiliario
- redcomarcamx

- hace 12 horas
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En teoría, la figura de un notario público representa una de las últimas líneas de defensa de la certeza jurídica. Es, o debería ser, el garante de que una operación patrimonial —la compra de un terreno, una casa, un futuro— está respaldada por la ley. Pero en Coahuila, ese principio ha quedado hecho añicos.

El caso del notario acusado de fraude inmobiliario, por quien ahora el gobierno estatal busca emitir una ficha roja de Interpol, no es solamente un expediente judicial más. Es la evidencia de un sistema que permitió que quien debía dar fe, terminara siendo señalado por despojar.
Las cifras son apenas la superficie: decenas de afectados, millones de pesos perdidos y familias que no solo fueron despojadas de su dinero, sino también de la confianza en las instituciones. Porque aquí no estamos hablando de un fraude cualquiera. Estamos hablando de operaciones que, en papel, parecían perfectamente legales. Escrituras, sellos, firmas. Todo en regla… hasta que dejó de estarlo.
La reacción del Estado —gestionar una ficha roja internacional— llega tarde para muchos. Sí, es un paso necesario. Sí, es una señal de que el caso ha escalado. Pero también es el reconocimiento implícito de que el presunto responsable tuvo el tiempo suficiente para salir del país, reorganizar su vida y, probablemente, poner distancia entre él y las consecuencias de sus actos.
Y esa es la pregunta incómoda:¿cómo alguien con ese nivel de responsabilidad pública puede operar durante tanto tiempo sin que los mecanismos de control lo detecten?
La respuesta, aunque incómoda, empieza a dibujarse con mayor claridad cuando se observa el contexto regional.
Porque este caso no es un hecho aislado.
En distintas regiones de Coahuila —y particularmente en zonas con crecimiento urbano acelerado— comienzan a acumularse denuncias por esquemas de fraude en diversos rubros: desarrollos inmobiliarios irregulares, esquemas de inversión engañosos, ventas duplicadas de propiedades y hasta proyectos productivos que prometieron rendimientos que nunca llegaron.
Varios de estos casos ya están en vías de judicialización. Otros apenas comienzan a tomar forma en denuncias dispersas, testimonios en redes sociales y expedientes que lentamente avanzan en fiscalías saturadas. El patrón, sin embargo, se repite: promesas de certeza, estructuras aparentemente legales y, al final, un vacío.
Lo preocupante no es solo la existencia de estos fraudes, sino su proliferación.
Porque cuando distintos esquemas comienzan a aparecer en paralelo, en diferentes sectores pero con dinámicas similares, lo que se revela no es únicamente la acción de individuos, sino la posibilidad de un ecosistema permisivo. Uno donde la supervisión es débil, la reacción institucional es lenta y la impunidad —o la percepción de ella— se convierte en incentivo.
En ese contexto, el caso del notario adquiere otra dimensión.
No es solo un presunto defraudador. Es un síntoma.
Un síntoma de una estructura que, en lugar de blindar al ciudadano, ha permitido que figuras clave operen sin la vigilancia suficiente. Y peor aún: que lo hagan aprovechándose precisamente de la confianza que su investidura les otorga.
El intento del gobierno estatal por mitigar el daño —ofreciendo alternativas como acceso a terrenos a bajo costo— puede aliviar parcialmente la situación de algunas víctimas. Pero no resuelve el fondo del problema. Porque el daño aquí no es únicamente económico. Es institucional.
Cada fraude de este tipo erosiona la credibilidad en el sistema completo: notarías, registros públicos, desarrolladores, autoridades. Y cuando esa credibilidad se rompe, el costo se multiplica. Se traduce en desconfianza, en freno a la inversión y en una ciudadanía cada vez más vulnerable frente a esquemas que saben exactamente dónde están las grietas.
La ficha roja, si se concreta, será apenas el inicio.
Lo verdaderamente importante vendrá después:¿habrá consecuencias reales?¿se desmantelarán las redes que permitieron que esto ocurriera?¿se fortalecerán los mecanismos de supervisión?¿o este caso se convertirá en uno más, mediático al inicio y olvidado con el tiempo?
Porque si algo deja claro esta historia, es que el problema no es solo quién huyó.
Es quién lo dejó hacerlo.




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