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Alonso Licerio, Pasión por el Grabado

  • Foto del escritor: redcomarcamx
    redcomarcamx
  • 15 ago 2025
  • 3 Min. de lectura

Nació en Lerdo, Durango, e inspirado por el arte que veía en casa pronto se convirtió en creador. Le tocó coincidir con la época dorada de los grandes nombres del muralismo mexicano y de ellos aprendió. Alonso Licerio regresó años mÔs tarde a la Comarca Lagunera, y su pasión por el grabado le brindó la voluntad de compartir su arte con otros a los que enseñó. Esta es parte de su historia.



En Lerdo, Durango, a mediados del siglo XX, el pequeƱo Alonso Licerio pasaba las tardes observando los cuadros y grabados que colgaban en casa. No sabĆ­a que esas imĆ”genes marcarĆ­an el rumbo de su vida, pero sĆ­ intuĆ­a que el arte era una forma distinta de mirar el mundo. ā€œDe niƱo copiaba lo que veĆ­a, aunque fueran manchas de color. Era como tratar de descifrar un lenguaje que todavĆ­a no conocĆ­aā€, recordaba en una entrevista.



TenĆ­a apenas 12 aƱos cuando sus padres decidieron mudarse a la Ciudad de MĆ©xico. Para Alonso, aquel viaje representó dejar atrĆ”s la calma provinciana y sumergirse en una capital convulsa, llena de ruido, pero tambiĆ©n de posibilidades. Fue ahĆ­ donde logró ingresar a la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado ā€œLa Esmeraldaā€, la mĆ”s prestigiosa del paĆ­s. Entre caballetes, maestros exigentes y compaƱeros talentosos, Licerio empezó a trazar un camino que lo vincularĆ­a para siempre con la plĆ”stica mexicana.


MĆ©xico vivĆ­a entonces la Ć©poca dorada del muralismo. Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y JosĆ© Clemente Orozco transformaban paredes en manifiestos sociales. Licerio, adolescente aĆŗn, absorbió esa energĆ­a como quien recibe una herencia no escrita. ā€œNo era sólo ver murales; era sentir que el arte podĆ­a cambiar a la gente, que podĆ­a contar historias colectivasā€, comentaba a sus alumnos aƱos mĆ”s tarde. El joven Alonso experimentó con diversas tĆ©cnicas, pero fue el grabado el que lo conquistó: directo, duro, irreversible. ā€œEl grabado es huella y resistencia, es memoriaā€, solĆ­a decir.



Pese a que su trayectoria comenzaba a abrirse paso en la capital, Alonso tomó una decisión que desconcertó a muchos colegas: regresar a la Comarca Lagunera. No lo hizo por nostalgia, sino por convicción. En Lerdo y Torreón fundó talleres de grabado donde lo importante no era exhibir, sino enseñar. Convencido de que el arte debía sembrarse en comunidad, abrió sus puertas a jóvenes con curiosidad y hambre de aprender.



Su taller pronto se volvió un semillero. Entre rodillos manchados de tinta y planchas de metal, los estudiantes encontraban no solo una tĆ©cnica, sino un sentido. ā€œDon Alonso te enseƱaba a grabar, pero tambiĆ©n a mirar. Nos decĆ­a que cada lĆ­nea debĆ­a tener intención, como la vida mismaā€, recuerda Rosa MarĆ­a HernĆ”ndez, una de sus alumnas que hoy expone en galerĆ­as de Monterrey y Guadalajara. Para otros, el taller fue refugio y punto de partida. ā€œĆ‰l nos hacĆ­a sentir que el arte no era ajeno a la Comarca. Nos enseñó a creer que tambiĆ©n desde aquĆ­ se podĆ­a crear algo grandeā€, afirma Eduardo Villarreal, hoy profesor de artes visuales.



Aunque su obra forma parte de colecciones privadas y murales comunitarios, Licerio siempre prefirió destacar a sus estudiantes. ā€œEl maestro se veĆ­a reflejado en sus pupilos; para Ć©l, que nosotros siguiĆ©ramos creando era la verdadera exposiciónā€, cuenta Luis Alberto GonzĆ”lez, otro de sus discĆ­pulos. La Comarca Lagunera reconoce en Alonso Licerio a un creador que, pudiendo quedarse en los cĆ­rculos artĆ­sticos de la capital, eligió regresar a su tierra para sembrar futuro.


Del niño que copiaba manchas de color en Lerdo, al adolescente que ingresó a La Esmeralda; del joven que se nutrió de los muralistas, al maestro que convirtió un taller en escuela de vida. La historia de Alonso Licerio es la de un círculo que se completa con generosidad. En cada trazo, en cada plancha y en cada alumno formado, permanece su legado: la certeza de que el arte no se guarda, se comparte.

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