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Casi sí.

Foto del escritor: Aquiles Castañeda Böhmer
Aquiles Castañeda Böhmer
5 jul
6 min de lectura

Otra vez. Otra maldita vez.

México volvió a quedarse en la orilla, volvió a vendernos la promesa de una noche histórica y volvió a estrellarse cuando el partido exigía algo más que entusiasmo, más que coraje, más que una reacción heroica de última hora. La derrota 3-2 ante Inglaterra no es sólo una eliminación en octavos de final. Es la confirmación de una condena que el futbol mexicano lleva décadas administrando con una mezcla de resignación, propaganda y autoengaño: la del eterno “casi”.

Casi se logra.

Casi se remonta.

Casi se compite de tú a tú con las potencias.

Casi se hace historia.

Casi se deja de ser el equipo simpático que emociona y se convierte en un equipo serio que gana.

Pero no. Nunca termina de pasar.


Y el problema ya no es una noche mala, ni un error aislado, ni la supuesta mala fortuna de cruzarse con una selección grande. El problema es mucho más profundo: México ha convertido la cercanía del fracaso en un modelo de negocio emocional. Le basta con ilusionar. Le basta con pelear. Le basta con perder “con dignidad”. Le basta con meter al rival en aprietos, aunque al final sea el rival el que avance y México el que se quede contando sensaciones.


Ya estuvo bien de romantizar la derrota decorosa.

Sí, México peleó. Sí, hubo orgullo. Sí, por momentos hizo creer al país entero que la hazaña era posible. Pero a estas alturas eso ya no alcanza. No alcanza porque el futbol de alto nivel no premia la intención; premia la jerarquía, la disciplina, la inteligencia emocional, la contundencia y la capacidad de soportar la presión sin desmoronarse. Y ahí, una vez más, México se quedó corto.


Lo más doloroso es que, como tantas veces, la euforia se adelantó al resultado. Bastaron los goles, bastó la posibilidad de la remontada, bastó la ilusión de ver a México plantado frente a Inglaterra para que el país entero se lanzara a celebrar como si la victoria ya estuviera en la bolsa. Hubo caravanas, gritos, banderas, bocinazos, cerveza derramada sobre banquetas y automóviles, abrazos con desconocidos, una felicidad desbordada que convirtió la noche en una fiesta antes de tiempo. El problema es que, en México, incluso la alegría puede salirse de cauce. Y cuando eso ocurre, el futbol deja de ser sólo futbol.


Porque mientras la Selección peleaba por seguir viva en el Mundial, afuera también se estaba jugando otro partido: el de una sociedad que muchas veces no sabe celebrar sin ponerse en riesgo. Los festejos desmedidos, el caos vial, el alcohol, la imprudencia y la exaltación terminaron por teñir de tragedia una noche que ya era emocionalmente frágil. Y entonces la derrota dejó de ser solamente deportiva. A la eliminación se sumó lo irreparable: la pérdida de vidas humanas, familias destrozadas, noticias que convirtieron la euforia en culpa, el festejo en silencio, la pasión en luto.


Eso es lo que vuelve esta noche más amarga que otras. No sólo se perdió un partido. Se perdió también la posibilidad de que la alegría fuera limpia. Otra vez, en este país, una celebración terminó conviviendo con la tragedia. Otra vez la felicidad colectiva duró lo que tarda en llegar una sirena, una llamada, una noticia devastadora. Otra vez el futbol se mezcló con la parte más oscura de nuestra fragilidad social: la incapacidad de contenernos, de cuidarnos, de entender que ninguna victoria —ni siquiera una imaginada— vale una vida.

Y entonces el “casi” adquiere otra dimensión. Ya no es sólo el casi futbolístico. Es el casi nacional. Casi aprendemos a ganar. Casi aprendemos a celebrar. Casi aprendemos a no destruirnos en medio de la fiesta. Casi conseguimos que una noche de futbol sea solamente una noche de futbol, sin funerales al amanecer, sin familias rotas, sin nombres que se convierten en cifra.


Eso es lo insoportable de esta historia: no se trata de una tragedia repentina, sino de una repetición. De una película que el aficionado mexicano conoce de memoria. El equipo se planta con valentía, compite con el corazón, genera una esperanza descomunal, y justo cuando llega la hora de cruzar la puerta, algo se rompe. Un descuido. Una falla defensiva. Una desatención. Una decisión tibia. Un momento de miedo. Un reflejo cultural de conformismo. Y entonces el rival, que sí sabe ganar, hace lo que hacen los equipos grandes: no perdona.


México no perdió sólo contra Inglaterra. Perdió contra todo lo que ha tolerado durante años. Perdió contra la comodidad de una estructura que se conforma con ser rentable sin ser grande. Perdió contra el maquillaje de los discursos triunfalistas. Perdió contra esa costumbre de vender carácter como si el carácter, por sí solo, levantara trofeos. Perdió contra una cultura futbolística que se emociona con la resistencia, pero no se indigna lo suficiente con la insuficiencia.


Y aquí es donde la conversación deja de ser deportiva y se vuelve dolorosamente nacional.

Porque el “casi” no es exclusivo de la Selección. El “casi” es un espejo. México es un país que vive demasiado cerca de la tragedia y demasiado lejos de la plenitud. Un país que sabe organizar la esperanza, pero no consolidar la victoria. Un país donde la alegría colectiva suele ser breve, porque enseguida la realidad se encarga de recordarnos que siempre hay una herida abierta, una pérdida reciente, una injusticia impune, una familia rota, un nombre que falta, una historia interrumpida.


Y quizá por eso esta derrota duele más de lo que debería doler un simple partido. Porque no se siente sólo como una eliminación deportiva. Se siente como otra confirmación de que todavía no sabemos rematar nuestros mejores momentos. De que incluso cuando la felicidad se asoma, algo en nuestra estructura —en la cancha y fuera de ella— termina saboteándola. De que seguimos siendo un país extraordinario para resistir, pero todavía muy torpe para conquistar. Y también, demasiado propenso a convertir la celebración en estampida y la emoción en riesgo.


No se trata de decir que México “no merece” ganar porque sufre. Sería una crueldad y una tontería. Se trata de reconocer que las culturas de la excelencia no se improvisan, y que tampoco nacen en entornos acostumbrados a la simulación, al parche, al aplauso por esfuerzo, al premio por competir. Si una selección representa algo, representa también los hábitos del ecosistema que la produce: cómo trabaja, cómo planea, cómo corrige, cómo castiga la mediocridad, cómo administra el talento, cómo se toma en serio a sí misma. Y cómo su sociedad procesa la emoción, la derrota, la fiesta y el dolor.


En eso México sigue pareciendo un proyecto emocional antes que un proyecto serio.

La afición, como siempre, hizo su parte: creyó. Se reunió. Cantó. Sufrió. Empujó. Se permitió ser feliz por un rato. Esa felicidad fue real, y precisamente por eso duele tanto que vuelva a ser efímera. Duele todavía más cuando, además de la eliminación, hay hogares en los que el futbol terminó en tragedia, en una silla vacía, en una llamada que nadie quiere recibir. Porque el país no necesita sólo emociones de verano ni noches de “orgullo en la derrota”. Necesita victorias que duren más que un trending topic. Necesita dejar de coleccionar momentos dignos y empezar a construir resultados. Necesita, en el futbol y en tantas otras cosas, abandonar la devoción por el “casi”.


Ya basta de la épica de la eliminación.

Ya basta del consuelo por haber competido.

Ya basta de vender como heroísmo lo que también es insuficiencia.

Ya basta de celebrar que se perdió “peleando”.

Y ya basta de asumir como normal que una noche de futbol pueda terminar con pérdidas humanas.


México no necesita otra narración sentimental sobre lo cerca que estuvo. Necesita una conversación incómoda sobre por qué siempre termina ahí. Necesita menos autocompasión y más exigencia. Menos poesía para la derrota y más rabia contra la mediocridad estructural. Menos discursos sobre el corazón y más obsesión por el detalle, por la preparación, por la mentalidad, por la contundencia, por la seriedad.

Porque si algo dejó claro esta eliminación ante Inglaterra es que la fe del país sigue intacta, pero la paciencia no. Y que no hay gol, ni remontada, ni ilusión mundialista que justifique el precio de una alegría sin control cuando termina cobrándose vidas.

Quizá eso sea lo único rescatable de otra noche rota: que cada vez somos menos los dispuestos a aceptar el “casi” como destino, y cada vez debería ser mayor la exigencia de aprender a competir, a ganar y también a celebrar sin convertir la fiesta en luto.

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