Alfredo Máynez presenta:"Luces en el Polvo"

Las Crónicas de la Memoria
El polvo, el lente y la imagen latente: Cómo un oasis mexicano rescata su alma visual

El archivo que desafía al olvido
La historia de la humanidad rara vez se escribe únicamente en las grandes plazas de las capitales imperiales o en los pesados volúmenes de los tratados políticos. Con mayor frecuencia, la verdadera esencia de una época descansa en silencio, acumulando polvo en desvanes olvidados, dentro de cajas de cartón atadas con cordeles deshilachados, o en el fondo de cajones donde convergen la intimidad familiar y el acontecer de una comunidad. En el corazón mismo de las llanuras áridas del norte de México —en esa vasta y compleja región conocida como la Comarca Lagunera, donde el horizonte suele difuminarse en una bruma pálida y polvorienta— ha tenido lugar una silenciosa y profunda revolución de la memoria.
Anoche, bajo la atmósfera templada de un recinto cultural atestado de almas ávidas de pasado, se congregó una íntima pero vibrante comunidad de amigos, académicos, investigadores y familiares. El motivo de este encuentro no fue otro que el nacimiento oficial de un libro llamado a convertirse en referencia ineludible: Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987). Escrito por Alfredo Máynez Gil y editado con rigor institucional por la Universidad Iberoamericana Torreón, este volumen trasciende con holgura los límites de una monografía regional. Se trata, en esencia, de una excavación arqueológica en la estética de la luz, una reivindicación de la provincia creadora y un testimonio de cómo un grupo de hombres y mujeres decidió fijar el tiempo en papel gelatina antes de que el desierto devorara sus rostros.

El tesoro familiar y la génesis de un rescate
Para comprender la magnitud de Luces en el polvo, es necesario adentrarse en su génesis, la cual posee el encanto de los grandes descubrimientos fortuitos. El libro no nace de un encargo burocrático ni de una fría tesis académica desprovista de afecto; brota de un legado sagrado, de un auténtico tesoro familiar resguardado con celo durante décadas. Máynez Gil, con la paciencia del orfebre y la curiosidad incansable del historiador vocacional, asumió la tarea de desenterrar los vestigios de una época dorada que amenazaba con disolverse en el aire.
El archivo personal que sirvió como piedra angular de este proyecto es monumental en su sencillez: actas originales escritas a máquina con la caligrafía mecánica de los años sesenta, correspondencia epistolar donde se discutían emulsiones, tiempos de exposición y composiciones estéticas, y, sobre todo, cientos de fotografías impresas en blanco y negro que capturan la crudeza, la belleza y la melancolía de una región en plena transformación industrial y agrícola. A través de este minucioso inventario, el autor logró reconstruir un cuarto de siglo de vida asociativa y artística: el periodo comprendido entre 1961 y 1987, los años dorados del Club Fotográfico de La Laguna.
En aquellos años, en una ciudad que crecía al ritmo vertiginoso del algodón y el comercio, un colectivo heterogéneo integrado por 40 soñadores, ingenieros, comerciantes, médicos y artistas aficionados decidió desafiar las limitaciones técnicas y geográficas de su entorno. No eran profesionales de la lente en el sentido comercial contemporáneo; eran cazadores de instantes unidos por una obsesión común: dominar la química del revelado y atrapar la luz en medio del polvo del desierto.
La atmósfera de la presentación: Un reencuentro con el espejo colectivo
La velada de anoche en Torreón tuvo algo de ceremonia de sanación colectiva. El ambiente en la sala principal del recinto cultural no reflejaba la solemnidad acartonada de los típicos actos académicos, sino la calidez vibrante de una gran reunión familiar. Estaban allí los descendientes de aquellos fotógrafos fundadores, rostros curtidos por el tiempo que reconocían en las páginas del libro las sombras de sus padres y abuelos; estaban también los jóvenes estudiantes de comunicación y diseño de la Ibero, fascinados por una época en la que hacer una sola fotografía exigía paciencia, cálculo y una profunda devoción por el proceso analógico.
La presentación del volumen estuvo engalanada por la participación de dos figuras centrales del pensamiento y la cultura lagunera: el escritor y ensayista Jaime Muñoz y la investigadora Laura Orellana, ambos pilares de la comunidad académica de la UIA Torreón. Sus intervenciones no se limitaron a recitar elogios formales; tejieron un análisis lúcido sobre la urgencia de rescatar la memoria visual en un mundo saturado de imágenes efímeras.

Las voces de la crítica: Muñoz y Orellana
Tomando la palabra en primer término, Jaime Muñoz desglosó con su característica agudeza literaria la estructura del libro. Señaló que Luces en el polvo funciona como un espejo retrovisor indispensable para una sociedad que a menudo padece de amnesia histórica. “En un entorno donde la modernidad mal entendida suele demoler el pasado para construir centros comerciales o avenidas impersonales, obras como la de Alfredo Máynez Gil actúan como diques de contención”, apuntó Muñoz ante un auditorio profundamente atento. El ensayista destacó cómo el autor logra narrar la historia del club sin caer en la nostalgia empalagosa, dotando al relato de un rigor documental que enaltece el esfuerzo colectivo por encima del lucimiento individual.
Por su parte, Laura Orellana centró su intervención en la dimensión sociológica y antropológica del hallazgo. Orellana invitó al público a imaginar lo que significaba fundar un club de fotografía en una provincia norteña durante la década de 1960: un acto de resistencia cultural frente al aislamiento geográfico y la escasez de circuitos artísticos consolidados. “Aquellos cuarenta laguneros no solo aprendieron a enfocar con cámaras mecánicas; enfocaron su propia realidad, se miraron a sí mismos a través del lente y decidieron que su cotidianidad merecía ser inmortalizada”, expresó la académica de la Ibero. Su discurso subrayó cómo el libro cartografía con precisión la forma en que el arte aficionado puede convertirse en un documento histórico de primer orden, capaz de revelar las tensiones, las alegrías y las aspiraciones de una clase media en plena conformación.

El núcleo creativo: José de Jesús Gil Alonso y la constelación de los cuarenta
Si bien el libro documenta el esfuerzo coral de los miembros del Club Fotográfico de La Laguna, dedica un apartado fundamental a explorar la influencia directa de este colectivo en la obra y trayectoria de José de Jesús Gil Alonso, una de las figuras más lúcidas y sensibles de la plástica y la lente en la región.
A través de las páginas de Luces en el polvo, el lector asiste a un diálogo constante entre la experimentación técnica del grupo y la evolución artística de Gil Alonso. El club no funcionaba como una simple academia de fin de semana; era un laboratorio de ideas donde se debatían las corrientes estéticas internacionales, se analizaban revistas especializadas llegadas de Europa o Estados Unidos con meses de retraso, y se criticaban mutuamente las impresiones en un ejercicio de rigor y camaradería.
Para aquellos cuarenta hombres y mujeres, la cámara fotográfica era mucho más que un instrumento de registro mecánico; constituía un pincel de luz, una herramienta de indagación filosófica. En las páginas del libro, Máynez Gil documenta cómo las salidas al campo —haciendo caravanas de automóviles hacia los sembradíos de algodón, las riberas del río Nazas o los pueblos mineros circundantes— se transformaban en auténticas expediciones estéticas. Allí, entre el polvo levantado por el viento del desierto, los fotógrafos buscaban la geometría de los surcos, los contrastes dramáticos de la luz del mediodía y la dignidad silenciosa de los rostros campesinos.
El eco global de un espejo local en la era digital
Resulta imposible analizar la relevancia de Luces en el polvo sin situarlo en el contexto geopolítico y cultural del siglo XXI. En una era globalizada y dominada por la hiperconectividad digital, la humanidad experimenta una paradoja sin precedentes: nunca antes se habían tomado tantas fotografías, pero al mismo tiempo, nunca antes las imágenes habían sido tan desechables. Cada día, miles de millones de capturas digitales son almacenadas en servidores impersonales ubicados en nubes cibernéticas, consumidas en fracciones de segundo y sepultadas por el flujo incesante de las redes sociales.
En este vertiginoso escenario de amnesia algorítmica, el libro de Alfredo Máynez Gil se erige como un antídoto radical y necesario. La obra nos devuelve la noción del tiempo pausado. Nos recuerda que hubo una época en la que hacer una fotografía exigía un ritual casi alquímico: cargar pesados equipos metálicos, calcular la apertura del diafragma sin la ayuda de exposímetros electrónicos integrados, arriesgarse al error en el momento de la toma y, finalmente, adentrarse en la penumbra del cuarto oscuro, iluminado únicamente por la luz roja de seguridad, para ver cómo los contornos de la imagen emergían lentamente sobre el papel sumergido en los baños químicos.
Cada fotograma de aquellos cuarenta laguneros era un acto deliberado de existencia. Al rescatar este archivo, Máynez Gil demuestra que la historia local, cuando es contada con honestidad y rigor, posee la capacidad de resonar con fuerza universal. La lucha de estos fotógrafos por capturar la belleza en medio de la aridez es, en el fondo, la misma lucha que emprenden todas las comunidades humanas contra la implacable erosión del olvido.

La luz que sobrevive al desierto
Cuando la presentación concluyó y los aplausos se apagaron bajo la noche fresca del desierto lagunero, los asistentes se arremolinaron en torno a la mesa de honor para adquirir sus ejemplares y solicitar la rúbrica del autor. Entre sonrisas, abrazos y anécdotas compartidas en voz baja, quedó flotando una certeza compartida.
El polvo, ese elemento omnipresente que da título a la obra y que amenaza constantemente con cubrirlo todo con su manto gris, no es solo un símbolo de la destrucción o el paso del tiempo. Gracias al esfuerzo de rescate perpetrado por Alfredo Máynez Gil, la Universidad Iberoamericana Torreón y la memoria viva de una comunidad que se niega a desaparecer, el polvo también puede ser el lienzo sobre el cual se dibuja la luz más pura. Luces en el polvo nos deja una lección indeleble: los paisajes físicos pueden transformarse y las generaciones pueden mutar, pero la visión verdadera, capturada con intención y preservada con amor, es el único legado que verdaderamente logra vencer a la muerte.




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