Aborigen / Capítulo 1

Actualizado: hace 4 días
Llegar tarde es una forma de exilio.

No un exilio geográfico, de esos que te obligan a cruzar fronteras con una maleta de cartón y el polvo del camino pegado a las botas, sino un destierro cronológico. Una mudanza forzada al asiento trasero de la historia, justo cuando los créditos ya han empezado a rodar en la pantalla y las luces de la sala amenazan con encenderse.
Siempre supe que mi herencia era el residuo. Nací con la certeza absoluta, casi biológica, de que el mundo ya había sido repartido antes de que yo abriera los ojos. Mientras crecía, observaba a los más viejos —a esa generación que se alzaba apenas unos años por delante de la mía— con una mezcla de fascinación y callado resentimiento. Ellos se habían quedado con la mejor parte del banquete. A ellos les había tocado el agua limpia, la tierra virgen, las certezas de oro de una época que se desvanecía justo cuando mis manos aprendían a sostener un lápiz. Yo, en cambio, era un rezagado crónico. Un aborigen de la periferia del tiempo, condenado a habitar los restos de un naufragio que ni siquiera me había permitido el lujo de presenciar.
La primera vez que cobré conciencia de este desajuste no fue en un gran evento histórico, sino en la modesta sala de la casa de mis abuelos, durante los domingos de mi infancia. Era una casa de techos altos y pasillos largos, donde el olor a café y madera vieja parecía suspendido en el aire como un decreto inmutable. En esa casa había una jerarquía invisible pero estricta, dictada exclusivamente por las canas y la experiencia.
Cuando la familia se reunía, los adultos ocupaban los grandes sillones de cuero gastado del centro de la estancia. Eran asientos amplios, con muelles crujientes que se amoldaban perfectamente al peso de quienes habían visto pasar las décadas. Allí se sentaban los tíos mayores, los primos que ya rozaban la treintena, los hombres y mujeres que hablaban de negocios cerrados con un apretón de manos, de terrenos comprados a precios irrisorios cuando la ciudad no era más que un plano sobre la mesa, y de contratos laborales que duraban toda la vida.
A nosotros, los más jóvenes, nos tocaba la periferia. Nos acomodábamos en los banquetines de madera, en el borde de la alfombra descolorida o, en el peor de los casos, de pie contra la pared, como soldados de infantería esperando una orden que nunca llegaría. Desde esa distancia obligada, yo escuchaba sus conversaciones. No hablaban del futuro; el futuro era una abstracción incómoda para ellos. Hablaban del presente que controlaban y del pasado que habían construido con una solidez que a mí me parecía casi mítica.
—En mis tiempos —decía el tío Alberto, expandiendo el pecho mientras encendía un cigarrillo que nadie se atrevía a censurar—, uno entraba a la empresa por la puerta de abajo y, si demostraba lealtad, a los cinco años ya tenía la planta asegurada. Una casa propia no era un milagro, era el paso lógico después de casarse. Todo estaba allí, esperando a que uno estirara la mano.
Los demás viejos asentían con la cabeza, con esa suficiencia implacable de quien ha cruzado el río antes de que dinamitaran el puente. Yo miraba mis manos pequeñas, enterradas en los bolsillos de un pantalón heredado de un primo mayor, y sentía un vacío extraño en el estómago. Una intuición temprana me decía que esas reglas ya no aplicaban para mí. El puente ya estaba mostrando sus primeras grietas y el río venía crecido.
Aquel juego infantil de las sillas calientes, donde la música se detiene y siempre hay alguien que se queda sin asiento, se convirtió en la metáfora perfecta de mi existencia. Solo que en mi caso, la música ya se había detenido mucho antes de que yo entrara en la habitación. Las sillas principales estaban perpetuamente ocupadas por traseros monumentales que no tenían la menor intención de levantarse. A mí solo me quedaba el suelo, o la promesa de una silla plegable que tendría que pagar a plazos durante el resto de mis días.
A medida que dejé atrás la infancia y me interné en los pasillos de la juventud, la sensación de haber llegado tarde dejó de ser un presentimiento dominical para transformarse en una realidad estructural. Lo vi con total claridad cuando ingresé al mercado laboral, un territorio que los más viejos describían como una mina de oro y que yo encontré transformado en un páramo de despojos.
Mis primeros trabajos fueron una sucesión de espejismos. Me presentaba a las entrevistas con los títulos bajo el brazo, con la disciplina que me habían vendido como el pasaporte indiscutible hacia la estabilidad. Pero al cruzar la puerta de las oficinas, el panorama era desolador. Los puestos directivos, las jefaturas con oficinas propias y escritorios de caoba, estaban blindados. Sus ocupantes eran hombres y mujeres que habían entrado en las organizaciones durante la "época dorada", una era difusa que se ubicaba siempre diez o quince años antes de mi graduación.
Ellos disfrutaban de unos privilegios que para mi generación eran directamente ciencia ficción: jubilaciones garantizadas por el Estado, bonos de productividad que duplicaban sus sueldos, vacaciones de un mes pagadas al extranjero y una seguridad laboral que los volvía prácticamente intocables. Se movían por los pasillos con la parsimonia de los reyes legítimos. No necesitaban actualizar sus conocimientos, no sabían usar las nuevas herramientas digitales y miraban con cierto desdén paternalista el ritmo frenético con el que los más jóvenes intentábamos destacar.
—Tienes que tener paciencia, muchacho —me dijo una tarde el jefe de departamento, un hombre que llevaba veinticinco años en el mismo puesto y cuyo único mérito aparente era haber sobrevivido a tres reestructuraciones gracias a un contrato colectivo firmado en los años ochenta—. Las oportunidades llegan para los que saben esperar su turno.
Pero era mentira. No había ningún turno. El sistema no estaba esperando a que los viejos se retiraran para cedernos el espacio; el sistema se estaba encogiendo debajo de nuestros pies. Cuando uno de esos dinosaurios finalmente se jubilaba o aceptaba un retiro voluntario millonario, su puesto no se heredaba. La empresa simplemente borraba la vacante del organigrama, dividía sus funciones entre tres empleados jóvenes y contrataba a un becario externo por un tercio del salario original.
Nosotros no estábamos esperando nuestro turno en la fila; estábamos sosteniendo la fila mientras el edificio se desalojaba por la puerta trasera.
Me daba cuenta de que a los más viejos les había tocado la época en que las empresas construían catedrales: estructuras sólidas, pensadas para durar siglos, donde cada piedra apoyaba a la anterior. A nosotros nos tocó la época de las tiendas de campaña. Contratos por proyecto, subcontrataciones, la famosa "flexibilidad laboral" que no era más que un eufemismo elegante para la desprotección absoluta. Teníamos que estar listos para recoger nuestras lonas y mudarnos al siguiente campamento a la primera señal de tormenta, sin dejar rastro, sin acumular antigüedad, sin derecho a reclamar el suelo que habíamos pisado.
La consecuencia más insidiosa de este desfase cronológico fue la deformación de mi propia mirada sobre la abundancia. Para mí, la riqueza, el éxito y la seguridad nunca fueron metas alcanzables a través del esfuerzo; eran recursos finitos que los primeros en llegar se habían llevado a sus casas, dejando los contenedores vacíos para los que veníamos detrás.
Desarrollé una mentalidad de recolector de posguerra. Cuando veía una buena oportunidad —una beca de estudios, una convocatoria artística, un proyecto de inversión—, mi primer impulso no era el entusiasmo, sino el escepticismo. Un mecanismo de defensa psicológico se activaba de inmediato en mi mente: Si es tan bueno, ¿cómo es que los viejos no se lo han quedado ya? Si todavía está disponible, es porque es una trampa o porque son las sobras.
Nunca logré sentir que me tocaba aprovechar las cosas buenas. Había una culpa invisible, un síndrome del impostor temporal, que me susurraba al oído que cualquier espacio de comodidad que yo lograra conquistar era un error del sistema, una anomalía que sería corregida en cuanto los verdaderos dueños del mundo se dieran cuenta de mi intrusión.
Recuerdo perfectamente la tarde en que decidí alquilar mi primer estudio independiente. Era un espacio pequeño en un barrio antiguo de la ciudad, un cuarto con una ventana grande que miraba hacia los tejados de zinc y las copas de los árboles de una plaza vecina. El precio era razonable, casi un milagro para los estándares de la época. Cuando firmé el contrato y el casero me entregó las llaves de metal frío, no sentí orgullo ni la alegría de la emancipación. Sentí miedo. Un miedo cerval a que el hombre descubriera que yo no pertenecía a la clase de personas que merecen una ventana con vistas.
Pasé las primeras noches durmiendo en un colchón en el suelo, con los ojos abiertos, escuchando el crujido de las tuberías y el rumor de los coches en la calle. Estaba convencido de que en cualquier momento alguien llamaría a la puerta para decirme que se había tratado de una equivocación, que ese cuarto estaba reservado para alguien con más trayectoria, con más años, con más derecho a la existencia. Que mi lugar seguía estando en la periferia, de pie contra la pared de la sala familiar, mirando el banquete desde lejos.
El término "aborigen" suele evocar imágenes de hombres y mujeres con la piel curtida por el sol, habitando selvas ancestrales o desiertos infinitos, conectados con la tierra a través de rituales milenarios. Pero yo elegí esa palabra para dar título a mi historia porque sentí que compartíamos el mismo destino de desposesión, aunque el escenario de mi exilio fuera una urbe de asfalto y hormigón.
El aborigen es aquel que pertenece al lugar, pero al que se le ha despojado del derecho sobre su propio territorio. Los conquistadores de mi mundo no venían de barcos extranjeros ni traían armaduras de hierro; venían del pasado. Eran los dueños de los títulos de propiedad, los redactores de las leyes que protegían sus privilegios históricos, los que habían pavimentado las calles antes de que nosotros aprendiéramos a caminar.
Nosotros nacimos en una tierra que ya tenía dueño y señor. Crecimos entre las ruinas de sus promesas. Nos educaron con los mismos manuales de instrucciones que ellos habían usado para alcanzar la prosperidad, pero se les olvidó advertirnos de que los códigos de acceso habían sido cambiados en la medianoche del siglo.
Caminar por la ciudad se convirtió para mí en un ejercicio de arqueología dolorosa. Pasaba por delante de los grandes edificios residenciales del centro, con sus fachadas de piedra y sus balcones de hierro forjado, y sabía que ninguno de los jóvenes que caminábamos por la acera con prisa y los auriculares puestos podríamos comprar jamás un metro cuadrado de ese espacio. Esos pisos pertenecían a los viejos que los habían adquirido por sumas ridículas en los años setenta, o a sus hijos herederos que los alquilaban a precios prohibitivos a través de aplicaciones digitales, convirtiendo el derecho a la vivienda en un artículo de lujo.
Éramos extranjeros en nuestra propia fecha de nacimiento. Una masa de sobrevivientes cualificados, capaces de hablar tres idiomas, de programar ordenadores y de gestionar crisis complejas, pero incapaces de ofrecer un aval bancario para alquilar un apartamento de treinta metros cuadrados sin que nuestros padres tuvieran que firmar como garantía.
La paradoja era insoportable: éramos la generación más preparada de la historia, pero también la más irrelevante a los ojos del gran capital del tiempo. Los viejos nos miraban desde sus terrazas con una mezcla de lástima y reproche.
—Es que no quieren sacrificarse —decían entre ellos, mientras tomaban el sol en sus clubes privados—. Nosotros a su edad trabajábamos catorce horas diarias y no nos quejábamos de la falta de oportunidades.
Lo que sus mentes esclerosadas no lograban procesar era que sus catorce horas de trabajo daban para comprar una casa, mantener a una familia y asegurar un retiro digno. Nuestras catorce horas de trabajo apenas alcanzaban para pagar la suscripción de los servicios de entretenimiento con los que intentábamos anestesiar el vacío de nuestras noches, el transporte público de regreso a la periferia y un café para llevar a la mañana siguiente.
Con los años, el resentimiento inicial fue dejando paso a una melancolía más densa, a una aceptación gris de las reglas del juego. Entendí que la rabia era un gasto inútil de energía, un combustible que solo servía para quemarme por dentro mientras el mundo de los viejos seguía girando sobre sus ejes bien engrasados.
Empecé a practicar el arte de la retirada silenciosa. Dejé de postular a los puestos que exigían una "trayectoria impecable", una frase que en el fondo no era más que un filtro para asegurar que nadie menor de cincuenta años tuviera acceso al control del dinero. Dejé de asistir a las reuniones familiares donde la conversación giraba inevitablemente en torno a las propiedades acumuladas y los éxitos del pasado. Me construí un mundo a escala, un ecosistema de bolsillo donde las expectativas eran lo suficientemente bajas como para no resultar dolorosas.
Aprendí a encontrar una extraña belleza en la condición de rezagado. Si el gran banquete del mundo ya se había terminado, al menos los camareros ya no vigilaban las mesas con tanta atención. En los márgenes del sistema, allí donde los viejos no miraban porque consideraban que no había nada de valor, empezamos a encontrarnos los de mi especie.
Nos reconocíamos por la mirada: una mezcla de cansancio crónico y lucidez desapasionada. Éramos los que sabíamos que la meritocracia era el cuento de hadas que los ganadores le contaban a los perdedores para que no quemaran sus castillos. Nos reuníamos en cafeterías de barrio que aún no habían sido devoradas por las franquicias internacionales, compartíamos libros de segunda mano cuyas páginas tenían el olor de los hogares que nunca tendríamos y hablábamos de proyectos que no buscaban cambiar el mundo, sino simplemente mantenernos cuerdos un día más.
Hubo una noche en particular que definió este cambio de perspectiva. Estaba con un grupo de amigos en el tejado de un edificio industrial abandonado en las afueras de la ciudad. El viento de la noche traía el olor a diésel y tierra húmeda de las vías del tren cercanas. Abajo, a lo lejos, el perfil de los rascacielos financieros brillaba con una luz blanca y fría, como un monumento al dios del comercio que nos había cerrado las puertas en la cara.
Uno de los chicos, un diseñador gráfico que sobrevivía encadenando trabajos temporales y que tenía los dedos manchados de tinta barata, abrió una botella de vino que habíamos comprado entre todos juntando las monedas que nos quedaban en los bolsillos. No había copas; la pasamos de mano en mano, bebiendo directamente del pico de vidrio.
—¿Saben qué? —dijo, mirando hacia las luces de la gran ciudad—. Que se queden con todo. Que se queden con sus oficinas de caoba, con sus planes de pensiones y con sus hipotecas a treinta años. Al menos nosotros no tenemos nada que perder. Ellos viven con el terror constante de que el futuro les robe lo que acumularon. Nosotros ya llegamos desvalijados de fábrica. El futuro no nos puede quitar nada porque nunca nos prometió nada.
Sus palabras flotaron en el aire de la azotea como una declaración de independencia menor. No era una victoria, ni mucho menos. Era la constatación del desastre, pero aceptada con una dignidad que rozaba la soberbia. En ese momento exacto, mientras el vino áspero me quemaba la garganta y la risa de mis amigos rompía el silencio de la periferia, sentí por primera vez que el libro de mi vida no tenía por qué ser una queja continua por lo que no me habían dado. Podía ser la crónica de cómo aprendimos a habitar el vacío.
Este libro, al que he decidido bautizar como Aborigen, nace de esa herida que nunca llegó a cerrarse del todo, pero que con el tiempo ha dejado de supurar para convertirse en una cicatriz limpia, una marca de nacimiento que define mi identidad.
No pretendo escribir un tratado de sociología económica ni un manifiesto político lleno de consignas incendiarias. Para eso ya están los teóricos que analizan los números desde la comodidad de sus despachos universitarios, puestos que, por supuesto, obtuvieron antes de que la endogamia académica cerrara las puertas a los nuevos investigadores. Lo que quiero dejar impreso en estas páginas es el testimonio íntimo de un desfase. La cartografía espiritual de toda una generación que creció con la sensación térmica de estar viviendo las horas de la basura de la civilización occidental.
A veces, cuando camino por las mañanas y veo a los niños que van a la escuela con sus mochilas de colores arrastrándose por las aceras, siento una punzada de compasión que me hiela la sangre. Si a mí me pareció que había llegado tarde, ¿qué les esperará a ellos? ¿Qué clase de desierto cronológico van a heredar cuando los últimos viejos terminen de consumir los recursos que quedan y se retiren a sus mausoleos privados?
Quizás ellos ya ni siquiera tengan la referencia del banquete. Quizás para ellos la escasez no sea una anomalía histórica como lo fue para mí, sino la única atmósfera respirable, el estado natural de las cosas. En cierto modo, los envidio. No tener memoria del paraíso perdido debe de hacer que el infierno resulte un lugar mucho más tolerable.
Yo no tuve esa suerte. Yo crecí con el olor de la carne asada llegando desde la casa del vecino rico, con el eco de los aplausos de las fiestas a las que nunca fui invitado resonando en los pasillos de mi adolescencia. Pasé la mitad de mi vida intentando descifrar el idioma de los viejos, intentando imitar sus gestos, sus rituales de seguridad, sus fórmulas de éxito, hasta que me di cuenta de que estaba intentando aprender una lengua muerta. Un idioma diseñado para un mundo que ya no existía en el mapa de la realidad.
Este primer episodio es el acta de mi capitulación ante el tiempo. Dejo de correr detrás del autobús que ya se ha marchado. Me siento en la cuneta de la autopista de la historia, enciendo un fuego con los manuales de instrucciones que no sirvieron para nada y me dispongo a contemplar el paisaje del naufragio con los ojos bien abiertos. Soy un aborigen de la escasez, un habitante nativo de la intemperie cronológica, y esta es la historia de cómo aprendí a respirar debajo del agua de un naufragio que comenzó mucho antes de que yo naciera.




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