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El arte de la marioneta averiada: Claudia, la guardiana del templo en ruinas

Foto del escritor: Aquiles Castañeda Böhmer
Aquiles Castañeda Böhmer
hace 2 días
6 min de lectura


La viuda política del palacio y el mito del "segundo piso"

Hay espectáculos en la política mexicana que rozan el melodrama grotesco, pero ninguno alcanza la majestuosidad tragicómica que presenciamos día a día en las conferencias matutinas del poder. Claudia Sheinbaum, investida con la banda presidencial pero despojada del mando real, ha decidido asumir el rol más ingrato de la historia moderna de México: no el de una jefa de Estado con visión propia, sino el de una albacea abnegada, una matrona de guardia dispuesta a velar por el sueño, el mito y los pecados del patriarca saliente.


Nos vendieron la idea del “segundo piso de la Cuarta Transformación” con la promesa ingenua —o cínica, según el cristal con que se mire— de que la doctora en física aportaría la ciencia, la métrica, la frialdad técnica y el orden institucional a la hoguera de ocurrencias que caracterizó al sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Qué dulce ilusión. Qué inocente fue quien pensó que una bata de laboratorio podía contener el alud de un mesianismo tropical.


Transcurridos los primeros meses de su gestión, el diagnóstico es inapelable: Claudia no llegó a gobernar; llegó a custodiar el legado de López Obrador. Se ha convertido en la protectora oficial del discurso mañanero, en la muralla de contención que defiende las narrativas más absurdas del pasado reciente y, sobre todo, en la escudera blindada que tiene como misión prioritaria proteger a la progenie del expresidente y a la red de corrupción sistémica que el obradorato dejó incrustada como una inercia destructiva que hoy la sobrepasa.


La sombra del mesías y la custodia de la progenie sagrada

Nada ilustra mejor el drama de la actual mandataria que su papel como guardiana de los vástagos del expresidente. Los hijos de López Obrador —esos prósperos empresarios del cacao, coordinadores informales de obra pública y amables articuladores de contratos multimillonarios— pasaron de ser el secreto a voces del sexenio anterior a convertirse en el dogma intocable del presente.


Para Sheinbaum, los señalamientos de nepotismo, tráfico de influencias y enriquecimiento inexplicable que rodean a la dinastía López no son materia de investigación ni de auditoría; son, por decreto presidencial del pasado y por complicidad del presente, "ataques de la mafia del poder" y "calumnias de la prensa vendida". Resulta fascinante observar la gimnasia mental a la que se somete la Presidenta para esquivar las preguntas sobre los contratos del Tren Maya, las asignaciones directas en la refinería de Dos Bocas o el entramado de amistades y compadrazgos que benefició a los jóvenes herederos del movimiento.


¿Dónde quedó la científica rigurosa cuando se trata de revisar los números de la familia real?

Se evaporó en el altar del dogma. Claudia sabe que el menor ademán de deslinde, la más mínima insinuación de auditar la gestión previa o de llamar a cuentas a los cachorros de la transformación, significaría la excomunión inmediata del movimiento que la puso en la silla. Por ello, prefiere encubrir, justificar y actuar como abogada de oficio de una corrupción que no solo no se detuvo con el cambio de banda, sino que continúa su marcha triunfal impulsada por la inercia del cinismo.


La inercia del saqueo: Una maquinaria que ya nadie controla

Existe la falsa percepción de que el poder se ejerce simplemente dando órdenes desde el escritorio principal de Palacio Nacional. La realidad es mucho más cruel: la corrupción en México opera como un gigantesco tren de carga sin frenos. López Obrador no eliminó la corrupción; la monopolizó, la democratizó entre sus leales y le cambió la retórica para llamarla "aportaciones al movimiento". Y ahora, ese tren desbocado rueda sobre las vías que administra Sheinbaum.


El problema para la mandataria es que esa inercia es tan poderosa que ya no tiene la fuerza ni el capital político para detenerla. Los esquemas de asignación directa, el desvío sistemático en obras insignia, la opacidad disfrazada de "seguridad nacional" y la captura de las instituciones de fiscalización son hoy el sistema operativo del Estado.


Claudia no puede combatir la corrupción de la administración pasada porque eso equivaldría a admitir que el régimen que ella representa nació podrido. No puede tocar a los delegados del Bienestar, ni a los militares convertidos en constructores y administradores de aduanas, ni a los gobernadores morenistas vinculados con estructuras criminales, porque todos ellos responden al diseño original del caudillo, no a sus órdenes. Es la prisionera de un edificio cuyos cimientos fueron construidos con complicidades que ella no firmó, pero que hoy está obligada a habitar y pintar de rosa.


El drama de la mandataria desempoderada y el partido hecho trizas

Mientras la Presidenta dedica sus mañanas a repetir los mismos mantras de su antecesor —los mismos adjetivos, las mismas fobias, las mismas fijaciones contra los jueces y la prensa—, el terreno bajo sus pies se desmorona. Su empoderamiento es un espejismo que solo existe en las portadas del boletín oficial.


Fuera del recinto presidencial, el partido Morena es un hervidero de facciones, un pastel gigantesco disputado por hienas con hambre atrasada. El partido que López Obrador mantenía unido a través del dedo divino y la amenaza del destierro hoy se fractura a plena luz del día. Los radicales del Instituto de Formación Política miran a Sheinbaum con desconfianza por "tecnócrata"; los gobernadores operan como virreyes feudales sin rendirle cuentas a nadie; las bancadas en el Congreso responden a coordinadores que sueñan con el 2030 y que le rinden pleitesía al retiro tabasqueño antes que a la titular del Ejecutivo.


Sheinbaum gobierna un país que se desangra y lidera un partido que se descuartiza, pero su prioridad matutina sigue siendo defender las decisiones que se tomaron hace tres o cuatro años.

Esta debilidad política la deja en una posición trágica: entre más sola y acorralada se siente dentro de su propia parcela de poder, más se refugia en el discurso radical de López Obrador. Cree ingenuamente que imitar la voz del amo le otorga la fuerza del amo. No ha entendido que el liderazgo carismático no se transmite por transmisión hereditaria ni por ósmosis ideológica; el carisma de López Obrador era un fenómeno social y populista único, mientras que la repetición de ese mismo discurso en la voz de Claudia suena a una pista rayada, a un monólogo ensayado sin convicción.


La paradoja de la científica sin voz

Es imposible no sentir un chispazo de ironía al contemplar el contraste entre el perfil académico de Claudia Sheinbaum y el papel de vocera del oscurantismo que desempeña actualmente. La mujer que presume credenciales científicas es la misma que hoy firma la destrucción del sistema judicial, la que convalida cifras maquilladas de seguridad pública y la que asegura que la salud en México está a punto de superar los estándares escandinavos.


El uso del lenguaje es revelador. Cuando habla de la economía, de la deuda pública o de los estragos de la violencia, la Presidenta no utiliza datos duros ni diagnósticos fríos; recurre a la adjetivación barata y al cliché ideológico. Ha entregado su rigor analítico a cambio de la supervivencia política inmediata. Ha preferido ser la sombra de un fantasma que la arquitecta de su propia historia.


El destino inevitable: El naufragio del encubrimiento

El costo de esta estrategia de vasallaje será devastador para su gobierno y para el país. Al negarse a corregir el rumbo, al empeñarse en ser el escudo humano de la familia López y al dejar que la inercia de la corrupción siga devorando los recursos públicos, Claudia Sheinbaum está pavimentando el camino de su propio fracaso.


Un gobierno que nace renunciando a su propia identidad para convertirse en el comité de defensa de la administración saliente no puede aspirar a la grandeza. Se conforma con la mediocridad de la continuidad ciega. Las crisis que hoy se acumulan —la violencia desbordada que ya no se puede tapar con abrazos, la quiebra fiscal generada por los megaproyectos inútiles y el colapso del sistema de salud— terminarán por estallar en sus manos, no en las de su mentor.


Cuando el agua llegue al cuello y la realidad dinamite la narrativa oficial, Claudia buscará voltear a ver a quienes la rodean. Encontrará un partido fragmentado por la codicia, unas Fuerzas Armadas empoderadas y multimillonarias que no responden a criterios civiles, y un movimiento que la abandonará en cuanto el barco empiece a hundirse. Y en ese momento comprenderá, quizás demasiado tarde, el amargo precio de haber sido la protectora de los errores ajenos: que en la política mexicana, cuando el templo se derrumba, los dioses se salvan y los guardianes mueren aplastados bajo las ruinas.

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