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Dinamita: cuando la verdad se diluye y el pueblo paga el precio

  • Foto del escritor: redcomarcamx
    redcomarcamx
  • 24 abr
  • 3 min de lectura

En Dinamita, Durango, la historia no se cuenta en una sola versión. Se fragmenta, se contradice y, con el paso de los días, comienza a desaparecer. No porque deje de importar, sino porque pierde visibilidad. Y en ese proceso —silencioso, gradual, casi imperceptible— quienes terminan perdiendo son siempre los mismos: los habitantes que quedan atrapados entre el poder institucional y una narrativa pública que se desvanece.


Los familiares y la viuda de Javier Mendoza levantan la voz aunque nadie escuche

Todo comenzó con un operativo que dejó 28 personas detenidas. Para las autoridades, fue una acción necesaria frente a conductas que describieron como delictivas. Para las comunidades involucradas, fue otra cosa: una irrupción que interpretaron como castigo a la organización social y a la defensa de su territorio y sus derechos laborales. Desde ese momento, la disputa dejó de ser únicamente jurídica. Se convirtió en una lucha por definir qué historia sería creída.


Durante los primeros días, las redes sociales ofrecieron una ventana distinta. Videos de detenciones, testimonios directos, denuncias de familiares. Una narrativa cruda, sin intermediarios. Pero esa ventana comenzó a cerrarse. Publicaciones que ya no aparecían, cuentas que reducían su alcance, o desaparecieron, contenidos que simplemente dejaban de circular. Se anunció una censura aunque no hizo falta. Bastó con que la conversación se diluyera.


En ese contexto emergió el caso de Javier Mendoza, cuya historia concentra muchas de las tensiones del conflicto. Tras su detención, comenzó a mencionarse la existencia de una orden de aprehensión en su contra. Para su familia, ese documento representa una de las mayores irregularidades: sostienen que fue inventado o utilizado de forma indebida para justificar su captura. La acusación que se le atribuyó —robo de nuez— resultó, para quienes lo conocían, no solo cuestionable, sino reveladora. En una región marcada por disputas agrarias, ese señalamiento fue interpretado como una forma de criminalizar la relación de los habitantes con su propia tierra.



Días después, Mendoza murió bajo custodia.

La explicación oficial apuntó a problemas de salud preexistentes. La comunidad habló de negligencia. Pero más allá de la causa, la muerte marcó un punto irreversible. Porque cuando alguien muere bajo resguardo del Estado, la discusión deja de ser técnica. Se vuelve estructural.


A partir de ahí, el caso siguió un patrón conocido. La atención pública comenzó a dispersarse. Las versiones oficiales se mantuvieron constantes. Las denuncias comunitarias, en cambio, perdieron visibilidad. No desaparecieron por completo, pero dejaron de ocupar un lugar central. Y en esa pérdida de foco, el caso empezó a entrar en una zona gris donde los procesos continúan, pero el escrutinio disminuye.


La impunidad, en escenarios como este, no siempre se construye a partir de absoluciones o resoluciones explícitas. A menudo se consolida en el desgaste. En el paso del tiempo. En la reducción del interés público. En la incapacidad de sostener la atención sobre una historia que deja de circular.


El control de la narrativa ya no requiere la eliminación directa de información. Funciona mediante mecanismos más sutiles: amplificar ciertas versiones, restar visibilidad a otras, fragmentar la conversación hasta que pierde fuerza. Lo que antes podía entenderse como censura, hoy se manifiesta como desinterés aparente.


Mientras tanto, en los ejidos, la memoria no depende de algoritmos. Los nombres siguen presentes. Las detenciones no se olvidan. La muerte de Mendoza no se reduce a una estadística. Pero esa memoria local contrasta con el silencio creciente fuera de la comunidad.



El resultado es una asimetría profunda. De un lado, instituciones con capacidad para sostener su versión en el tiempo. Del otro, comunidades cuya voz depende de espacios volátiles, expuestos a desaparecer.


En medio de esa brecha, la justicia se vuelve cada vez más difícil de alcanzar.

Porque cuando la verdad compite contra el desgaste, contra el olvido y contra estructuras que pueden moldear la visibilidad de los hechos, el desenlace suele repetirse: los responsables no son claramente definidos, las dudas permanecen abiertas y las víctimas quedan atrapadas en una historia que nunca se resuelve del todo.

En Dinamita, la pregunta ya no es solo qué ocurrió. Es quién logrará que se recuerde.

Y, como en tantos otros casos, la respuesta parece inclinarse hacia el mismo lado. El del poder.


El pueblo, mientras tanto, vuelve a quedar en el lugar que la historia le ha asignado demasiadas veces: el de quien resiste, denuncia… y pierde.

1 comentario


Carmen Solorzano Bueno
Carmen Solorzano Bueno
25 abr

Como siempre, la gente pobre se queda sin la posibilidad de que la justicia los favorezca. Ni en este gobierno ni en ninguno, son lo mismo todos.

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