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Cuando se apagan las luces: la Feria de Torreón cierra sus 80 años con circo, mariachi y memoria

Foto del escritor: Aquiles Castañeda Böhmer
Aquiles Castañeda Böhmer
hace 5 días
10 min de lectura

TORREÓN, COAHUILA. — Hay un momento en toda feria en que la música deja de ser ruido y comienza a parecer memoria.

Ocurre cuando las familias empiezan a caminar hacia la salida con los niños cansados, cuando las luces de los juegos mecánicos todavía giran pero ya no parecen tan urgentes, cuando el olor de los churros, las gorditas de nata, las brochetas y los tacos queda suspendido en el aire como una última invitación. Ocurre también cuando los artistas que durante semanas hicieron reír, cantar, sorprender y asombrar a miles de personas reciben, por un instante, algo que pocas veces se les ofrece: el reconocimiento de quienes estuvieron del otro lado del escenario.

Eso ocurrió el domingo 4 de octubre, cuando la Feria de Torreón cerró las puertas de su edición número 80.


Durante un mes, desde el 4 de septiembre, la ciudad tuvo una especie de segundo corazón. El recinto del Club Rotario se convirtió en una pequeña ciudad dentro de la ciudad: con sus propias luces, sus propios sonidos, sus propios olores y una geografía que cada familia aprende a recorrer a su manera.


Para algunos, la ruta comenzaba en los juegos mecánicos. Para otros, frente a un escenario. Había quienes llegaban buscando música, quienes iban por el circo, quienes querían ver a los patinadores de Illusion On Ice, quienes perseguían el premio de un raspadito y quienes simplemente necesitaban una noche en la que la vida cotidiana quedara, aunque fuera durante unas horas, detrás de la puerta.


El lema de este aniversario fue sencillo: “Fiesta, familia y tradición”.

La frase pudo haber sido una consigna publicitaria. Terminó siendo, en muchos sentidos, una descripción bastante precisa de lo que ocurrió.

Porque la Feria de Torreón no fue solamente una colección de espectáculos. Fue también un ejercicio de memoria colectiva.


Ochenta años después de aquellos primeros esfuerzos del Club Rotario por organizar una celebración que tuviera también un propósito social, la feria conserva una particularidad que no todas las fiestas populares pueden presumir: detrás de la diversión existe una causa. El dinero recaudado contribuye a programas sociales, de modo que el boleto que alguien paga para entrar no termina únicamente convertido en luces, música o adrenalina. También forma parte de una cadena de ayuda comunitaria.


El último domingo

El domingo, sin embargo, nadie parecía estar pensando demasiado en la historia.

La historia estaba ocurriendo frente a ellos.

En el Foro de las Estrellas, Tropicalísimo Apache de Arturo Ortiz fue el encargado de poner el punto final a la cartelera musical. Hubo cumbia, baile y canciones conocidas por generaciones de laguneros. El recinto volvió a llenarse para despedir una fiesta que durante cuatro semanas había recibido a miles de visitantes.

Un día antes habían sido Los Rieleros del Norte.


Antes estuvieron Pesado, Laberinto, Julio Preciado, Luis Ángel “El Flaco”, Banda La Rebeldía, La Brissa, los homenajes musicales y una larga lista de artistas que llevaron al recinto diferentes versiones de la música popular mexicana.

Pero reducir la feria a su cartelera sería como describir Torreón únicamente por sus edificios.

La música fue una de sus voces, no la única.


Hubo también un mercado de artesanos, gastronomía, juegos mecánicos, espectáculos ecuestres, rodeo, lucha libre y una nueva Plaza de los Espectáculos. Hubo más de 30 juegos mecánicos y atracciones que buscaron renovar una experiencia que, por definición, necesita cambiar para seguir siendo reconocible.


Entre ellos apareció Batman, una montaña rusa de 25 metros; Flying Jumbos y Wacky Mouse, además de los clásicos que parecen pertenecer a la feria tanto como sus boletos de colores o las familias que regresan cada año.

Y hubo algo que, para muchos niños, probablemente resultó más importante que cualquier discurso institucional.

Hubo circo.


El año del Roncaly

El Circo Roncaly fue uno de los grandes protagonistas de esta edición.

Durante todo el mes, su carpa funcionó como uno de esos lugares donde el tiempo parece obedecer otras reglas. Afuera estaba Torreón: el calor, los automóviles, las obligaciones, las noticias, los teléfonos. Adentro estaban las luces, la música, los artistas y esa vieja promesa del circo de que durante un rato cualquier cosa puede suceder.

El acceso al Circo Roncaly estuvo incluido con el boleto de entrada a la feria, lo mismo que las funciones de Illusion On Ice, una decisión que permitió que dos de los espectáculos principales de la edición fueran accesibles para el público general.

Y quizá por eso el circo terminó convirtiéndose en algo más que una atracción.

Se convirtió en uno de los recuerdos de esta edición.

El espectáculo circense tiene una virtud que la tecnología todavía no ha conseguido destruir: obliga a mirar.



No se puede adelantar un acto. No existe una pantalla donde elegir otro video. No hay algoritmo que decida qué viene después. El público tiene que permanecer sentado y esperar.

Esperar la aparición del artista.

Esperar el número.

Esperar la sorpresa.

Durante semanas, el Roncaly consiguió algo que parece cada vez más difícil en una época de atención fragmentada: reunió a niños y adultos mirando hacia el mismo lugar.

Y cuando llegó el cierre, también fueron reconocidos quienes hicieron posible esa magia.


El aplauso detrás de la carpa

Uno de los momentos más significativos del cierre ocurrió cuando Francisco Adolfo Von Bertrab, Presidente del Comité de la Feria de Torreón, reconoció a los artistas del circo.

No fue un reconocimiento cualquiera.

Hubo música de mariachi.


Y durante unos minutos, los protagonistas dejaron de ser los artistas que normalmente permanecen bajo las luces para convertirse en los homenajeados.

El mariachi hizo que aquella escena adquiriera un significado particularmente mexicano: la música que tantas veces acompaña una despedida, una celebración, una serenata o un homenaje sirvió esta vez para decir gracias.


Gracias por las funciones.

Gracias por las risas.

Gracias por el esfuerzo invisible que existe detrás de cada acto.

Porque el público suele ver el resultado, pero rara vez observa el trabajo que lo precede.

Ve al artista salir al escenario, pero no necesariamente las horas de ensayo. Ve el vestuario, pero no los preparativos. Ve la sonrisa, pero no el cansancio. Ve el aplauso, pero no todo lo que tuvo que ocurrir antes para merecerlo.


El reconocimiento del Club Rotario tuvo, por eso, algo de justicia.

La feria se despide de sus visitantes. Pero también debía despedirse de quienes hicieron posible que la fiesta ocurriera.

Y allí estaba el mariachi.

La carpa convertida por un momento en escenario de gratitud.

La otra cara de la feria

Una feria puede medirse por el número de personas que entran, por la cantidad de conciertos, por el tamaño de sus juegos mecánicos o por la venta de alimentos.

Pero hay otra forma de medirla.

Por la cantidad de conversaciones que provoca.

Por los recuerdos que deja.

Por las fotografías que aparecen después en los teléfonos.

Por el niño que quizá vio por primera vez un espectáculo de hielo.

Por la adolescente que se subió a una montaña rusa.

Por la familia que cenó junta.

Por los amigos que se encontraron después de meses.

Por el abuelo que volvió a recorrer un lugar que ya conocía desde hacía décadas.

Y por las personas que acudieron sabiendo que su entrada contribuía también a una causa social.


Ese último aspecto es fundamental para entender la permanencia de la Feria de Torreón.

El Club Rotario no construyó simplemente un espacio de entretenimiento. Construyó, durante ocho décadas, una tradición vinculada a la comunidad.

La feria ha cambiado porque Torreón ha cambiado.

Han cambiado los juegos, las luces, la tecnología, los escenarios, las formas de promocionar los espectáculos y hasta la manera en que la gente decide qué hacer durante una noche.

Pero permanece una idea antigua: salir de casa, encontrarse con otros y compartir una experiencia.


En 2026 esa idea recibió una escenografía de lotería.

La temática del aniversario tomó elementos de uno de los juegos más reconocibles de México. Cada rincón del recinto parecía formar parte de una gran baraja: colores, símbolos, cartas y dinámicas que buscaron darle una identidad visual a la celebración. Incluso los boletos incluyeron raspaditos y la dinámica “Atrapa y Gana” ofreció premios como pantallas, tabletas y Pulseras Mágicas.

Era una manera inteligente de hacer que el visitante no solamente comprara una entrada.

También jugara.

También esperara.

También tuviera algo que contar.


Una ciudad que se reconoce en su feria

Hay ciudades que necesitan grandes monumentos para recordar quiénes son.

Torreón tiene también sus noches de feria.

Durante un mes, el recinto reunió algunas de las cosas que forman parte de la identidad lagunera: la música popular, la comida, las familias, la convivencia, el gusto por los espectáculos y una cierta resistencia a tomarse demasiado en serio cuando llega la hora de divertirse.


En el Pabellón del Antojo aparecieron tacos, churros, pizzas, aguas frescas, brochetas, gorditas de nata y otros alimentos que forman parte de esa gastronomía improvisada y democrática que solo parece posible en una feria.

No hay alta cocina.

No hace falta.

Una feria tiene otro tipo de gastronomía: la de comer de pie, compartir, probar algo que normalmente no se compra y regresar a casa con el olor de la comida todavía pegado a la ropa.

El Mercado del Artesano ofreció otra dimensión de la celebración, una menos estridente. Allí la feria podía ser contemplativa. Había piezas artesanales, productos para llevar a casa y objetos que recuerdan que la cultura de una región no siempre aparece sobre un escenario.

A veces cabe en una mesa.


Hielo, luces y asombro

Si el circo representó una de las tradiciones más antiguas de la feria, Illusion On Ice: Quantum fue una muestra de cómo esa tradición puede transformarse.

Más de 20 patinadores ofrecieron un espectáculo que combinó acrobacias, música, iluminación, efectos especiales y hasta un robot. El resultado fue uno de los espectáculos más comentados de la edición.

Era otra forma de asombro.

En el circo, el público esperaba que algo imposible ocurriera bajo una carpa.

Sobre el hielo, esperaba que ocurriera mientras alguien se deslizaba a toda velocidad frente a ellos.

Ambos espectáculos compartieron algo esencial: la capacidad de producir asombro en vivo.

Eso, después de todo, es una de las razones por las que existen las ferias.

El precio de entrar

En una época en que muchas experiencias familiares se han vuelto costosas, la organización mantuvo los precios de acceso en 40 pesos de lunes a jueves y 50 pesos durante el fin de semana. El estacionamiento se estableció en 50 pesos y la Pulsera Mágica, disponible de lunes a jueves, permitió el uso ilimitado de los juegos mecánicos bajo las condiciones anunciadas.

La entrada no incluía todo, naturalmente. Los alimentos, juegos mecánicos y algunos espectáculos tenían costos adicionales.

Pero la fórmula permitió que una familia pudiera entrar al recinto y encontrar opciones para distintos presupuestos.

Ese detalle importa.

Porque una feria popular deja de ser popular cuando solamente puede disfrutarla una parte de la población.

La Feria de Torreón ha entendido, al menos en esta edición, que su permanencia depende también de seguir siendo accesible.


Cuatro semanas después

El 4 de octubre, después de cuatro semanas de actividad, el recinto comenzó lentamente a recuperar su silencio.

Las luces permanecieron encendidas mientras la gente se retiraba.

Los juegos mecánicos dejaron de girar.

Los escenarios terminaron sus presentaciones.

El olor de la comida empezó a disiparse.

Y los artistas comenzaron a despedirse.

El cierre oficial tuvo música. Tropicalísimo Apache llevó la última noche hacia la cumbia y el baile. Pero quizá el verdadero cierre ocurrió en otros lugares, menos visibles: en una familia que regresó a casa hablando de lo que vio; en un niño que preguntó cuándo volverá el circo; en una fotografía tomada frente a las luces; en alguien que guardó un boleto como recuerdo; en el artista que recibió un aplauso acompañado por mariachi.

Así termina una feria.

No cuando se apagan las luces.

Termina cuando comienza a convertirse en recuerdo.

Lo que queda

La edición 2026 deja una cifra redonda y difícil de ignorar: 80 años.

Ochenta años son suficientes para que una feria deje de ser solamente un acontecimiento anual y se convierta en parte de la biografía de una ciudad.

Hay personas que llevaron a sus hijos y que alguna vez fueron llevadas por sus padres.

Hay quienes recuerdan determinados juegos, determinados artistas, determinados sabores.

Hay quienes quizá no recuerdan qué año fue, pero sí recuerdan la noche.

Ese es el verdadero archivo de una feria.

No está solamente en los carteles.

Está en la memoria.

La Feria de Torreón nació con un propósito social y con el tiempo se transformó en una de las grandes tradiciones de La Laguna. En 2026 volvió a cumplir las dos funciones: entretener y ayudar. La organización reportó además una generación superior a 4,500 empleos directos e indirectos alrededor de la celebración.

Eso también forma parte de la historia.

Una feria no ocurre solamente dentro de sus puertas.

Ocurre en las personas que trabajan en ella, en quienes transportan mercancías, montan estructuras, venden alimentos, preparan escenarios, manejan juegos, limpian después de cada jornada, ensayan durante semanas y aparecen frente al público durante unos cuantos minutos para hacer que algo parezca sencillo.

Por eso el homenaje a los artistas del Circo Roncaly tuvo un peso especial.

Porque al final de una celebración que presume ocho décadas de historia, el mejor homenaje quizá no sea otro espectáculo.

Es decir gracias.

Y hacerlo con mariachi.


Hasta el próximo año

La Feria de Torreón ya anunció, en esencia, su intención de regresar en 2027.

Así funcionan las tradiciones.

Se van mientras prometen volver.

El último visitante cruza la puerta.

El último vendedor recoge.

La última canción deja de sonar.

La última vuelta de la rueda de la fortuna se pierde contra el cielo oscuro de Torreón.

Y durante unas horas, el recinto queda en silencio.

Pero una feria no desaparece tan fácilmente.

Queda en el olor de la ropa después de una noche entre comida y juegos.

Queda en las fotografías.

Queda en el boleto guardado en algún cajón.

Queda en la música.

Queda en la memoria de los artistas que recibieron un homenaje.

Queda en el aplauso.

Queda en el mariachi que acompañó la despedida.

Y queda, sobre todo, en una ciudad que durante cuatro semanas volvió a encontrarse consigo misma.

La Feria de Torreón cerró su edición número 80.

Lo hizo como empezó: reuniendo gente.

Con música.

Con familia.

Con tradición.

Y con esa particular capacidad que tienen las ferias para convencernos, aunque solamente sea durante una noche, de que todavía vale la pena detenerse, mirar las luces y dejarse sorprender.

El próximo año volverán las carpas.

Volverán los juegos.

Volverán los puestos de comida.

Volverán los artistas.

Volverá el ruido.

Y probablemente volverán también quienes hoy, al salir, pensaron que esta vez sería la última.

Porque las ciudades tienen muchas maneras de celebrar que siguen vivas.

Torreón tiene una de las más antiguas.

La llama Feria.



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