Hay victorias que se abrazan con euforia, y hay otras que se conquistan con cicatrices en el alma. Para Sergio “Yoreme” Mendoza, la noche en la que se consagró en la élite del boxeo mundial no fue simplemente la cúspide de una carrera trazada a base de disciplina en el gimnasio; fue la culminación de un proceso de supervivencia emocional.