Hay cosas que uno comprende demasiado tarde. No porque alguien se haya empeñado en ocultárnoslas, sino porque la vida, cuando somos niños, tiene la extraña capacidad de transformar las circunstancias en normalidad. Lo que para un adulto puede representar una preocupación, para un niño es simplemente la manera en que funciona el mundo. No conoce otras posibilidades, no compara su realidad con la de los demás y, sobre todo, no tiene todavía las palabras necesarias para nombrar